
Fuente:BGG Via:ElMiskatonico.es
Soy alérgico a la victoria. Os voy a explicar mis razones.
Tengo una afición: los juegos de mesa modernos. Constructos de cartón y madera que algunos consideran entretenimiento, otros consideran algo propio de inmaduros y nosotros los consideramos como una auténtica religión. O secta, porque alguien nos saca el dinero semana a semana. Pertenezco a esa cofradía de iluminados que juega a cualquier hora, en cualquier mesa y con cualquier alma incauta que se siente enfrente. El escenario da igual mientras haya fichas que mover y alguien dispuesto a perder (la dignidad) en público. Y no estoy solo: cada día editan más juegos, hay más información y surgen como setas los gurús del cartón. Ya no somos criaturas exóticas, ya no somos los frikis de «Stranger Things», ahora somos legión.
Pero no he venido a hablar de la industria, sino de mi extraña relación con este asunto, porque me encanta perder.
Soy consciente que suena a provocación barata, pero qué es una realidad que me costó años asumirla, como quien descubre tarde que es alérgico al melocotón. Yo soy alérgico a la victoria. Mientras todos a mi alrededor viven el triunfo como si fuera una cuestión de honor (y algunos defenderían sus últimos puntos de victoria a dentelladas) yo disfruto del último puesto como quien se atiborra de jamón del bueno. Los jugadores expertos suelen ser competitivos por naturaleza: unos digieren la derrota con dignidad, otros no la tragan ni con un digestivo. No es que no sepan perder, es que no han entendido que esto va de jugar, no de desfilar por un campo de batalla. ¿Qué si lo importante es participar? No. ¿Ganar? Mucho menos. Lo verdaderamente importante es perder. Llevo años dándole vueltas al asunto, y sospecho que la culpa la tienen varios rincones averiados de mi personalidad.
De joven jugaba mucho al ajedrez. Sabía jugar pero perdía siempre. El motivo era sencillo: el ajedrez exige concentración absoluta, y yo tengo una relación complicada con mantener la cabeza en un mismo sitio durante demasiado tiempo. Cuando la partida se volvía lenta, buscaba la derrota como quien busca la salida de emergencia en un incendio. Y me largaba a un bar a tomarme una cerveza mientras leía un libro. Esa fue mi juventud: alcohol, libros y fracaso tras fracaso en el ajedrez. Lo raro es que siga vivo.
Otro motivo por el que disfruto perdiendo es que, para perder, primero hay que jugar. Y yo soy el ser más juguetón que ha parido madre. Juego con las palabras, juego cuando sueño, juego en la ducha (no penséis mal), y de pequeño jugaba a disparar a los coches desde la ventanilla usando una mota de polvo como mira telescópica. Nunca acerté a ninguno, por cierto. Ganar jamás fue el centro de la experiencia. Además, si me esfuerzo por ganar, dejo de disfrutar. Porque soy un mirón profesional. Tampoco penséis mal: soy un mirón de tableros, cartas y expresiones ajenas. Para mí, el juego es contemplar a un grupo de personas esforzándose por criar más ovejas que el vecino o por coleccionar diamantes rosas como si fueran tesoros de guerra. En cambio, yo, cuando intento optimizar, veo el juego transformarse en una hoja de cálculo mental y la magia se evapora. Prefiero perderme en una ilustración o en la estrategia de los demás antes que convertirme en una calculadora.
Llegados a este punto, quizá penséis que soy un mal jugador. Puede ser. También podríais creer que siempre pierdo, pero no. Aquí viene lo mejor de esta historia: mi estrategia es tan caótica que, cuanto menos sé lo que estoy haciendo, más posibilidades tengo de ganar. Soy un desastre con suerte. Una combinación peligrosa. Lo curioso es que nadie nota nada. Creen que soy un competidor más (sobre todo cuando gano por accidente), pero en realidad estoy pendiente de cualquier cosa menos de mi propia estrategia. Me fascinan las quejas, las risas, las pequeñas tragedias lúdicas y ese ritual casi litúrgico de ir llenando el tablero turno a turno. Para mí, el juego termina antes del recuento final. Siempre he contemplado las competiciones como un alimento para el ego. Y lo dice la persona más egocéntrica del mundo. Una contradicción más.
Si después de todo esto aún no entendéis por qué me gustan los juegos de mesa y por qué disfruto perdiendo, entonces he fracasado estrepitosamente en explicarlo. Pero qué demonios: perder otra vez me sienta de maravilla.
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