
Un análisis personal sobre las reglas no escritas en los juegos de mesa, inspirado en un brillante texto de Calvo Expósito. Lo visible no siempre es lo clave.
Más allá del reglamento, hay gestos, acuerdos y empatía. Una reflexión sobre las reglas no escritas en los juegos de mesa y lo que hacen que valga jugar.
En el ensayo de Stephen Sniderman, traducido y comentado por Calvo Expósito, se habla de algo que todos los que jugamos conocemos bien: esas reglas que no están escritas, pero que igual influyen muchísimo en la partida. Y digo «comentado por Calvo Expósito» con toda la intención, porque a mi humilde entender, estamos ante uno de los comunicadores más exquisitos y certeros del medio lúdico en español. No sólo por su capacidad para elegir temas importantes, sino por cómo los cuenta: claro, directo, con humor y sin perder profundidad.
Uno de los temas que trata el texto es que no hay forma de que un reglamento prevea todas las situaciones posibles. Siempre puede pasar algo inesperado: se va la luz, alguien tiene un problema de salud, o simplemente el juego no dice qué hacer ante cierta jugada. Y ahí, como dice Sniderman, entramos en otro terreno: el de improvisar, de acordar entre quienes estamos en la mesa cómo seguir.
Esto me parece muy real. Muchas veces he visto cómo una partida se salva gracias a una mirada cómplice, un «venga, seguimos así», o un «dejá, no pasa nada». Y también lo contrario: juegos que se arruinan por una discusión absurda, por no ceder, por no entender que lo importante no es ganar, sino disfrutar.
Otro punto interesante es el del tiempo. ¿Cuánto puede tardar una persona en hacer su turno? En juegos como el ajedrez esto está muy medido. Pero en la mayoría de juegos de mesa no. Y ahí entran en juego cosas que no están en las reglas: la paciencia, la empatía, las ganas de que todos la pasen bien. A veces alguien necesita más tiempo, y está bien. Pero si ese tiempo empieza a molestar al grupo, hay que encontrar un equilibrio. Y eso no lo dice ningún manual.
El texto también nos recuerda algo muy importante: los juegos no suceden en el vacío. Jugamos en el mundo real, con todo lo que eso implica. Problemas personales, desigualdades, cansancio, entusiasmo, ganas de compartir. La mesa de juego puede ser un espacio mágico donde se suspenden muchas cosas, pero no todas. Por eso es importante tener en cuenta cómo jugamos, con quién, y qué tipo de experiencia queremos construir.
Hablar de ética en los juegos puede sonar exagerado, pero no lo es. Si dejamos ganar a un niño, no es hacer trampa, es un gesto de cariño. Si explicamos una regla de nuevo, no perdemos tiempo, ganamos comunidad. El juego no es solo reglas y estrategia. Es también un espacio donde construimos vínculos.
Hacia el final, Sniderman hace una lista de «reglas implícitas». Por ejemplo: que discutir sobre reglas es aburrido, que seguir las reglas nos conecta con los demás, que cambiar las normas puede parecer peligroso… Todo eso nos dice algo muy claro: muchas veces jugamos con ideas que nadie dice en voz alta, pero que todos entendemos. Y esas ideas pueden ser tan fuertes como las reglas escritas.
El problema es cuando esas reglas invisibles se convierten en barreras. Cuando alguien nuevo no entiende cómo funciona «el grupo» y queda afuera. O cuando se espera que todos sepan algo que nadie explicó. Por eso me parece tan valioso este texto: porque nos ayuda a ver lo que está escondido. Y a pensar si no sería mejor decirlo, compartirlo, revisarlo.
Gracias, Calvo, por traer esta conversación. Y por hacerlo con esa voz tan tuya, tan clara, que nos hace sentir que jugar también es pensar. Y que pensar, a veces, es una forma muy bonita de cuidar el juego.
Fuente: https://labsk.net/index.php?topic=268820.0
@JACalvoExposito
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