Por medio de Internet contacté con un chico que vivía en mi pueblo de la infancia y juventud. Es curioso que siendo los dos de la misma localidad valenciana nos conociéramos por Internet. Cosas de la vida moderna….
Jugando en mi pueblo
Luis o Lord Ruthwen como nombre artístico, fue el paisano que encontré afincado en Sagunto y con el que participé durante bastantes años al llamado «Juego del cine», una competición que empezó a celebrarse en Francia y después fue versioneada en España. Consistía en competir por equipos durante varias semanas para descubrir a qué película correspondían una serie de imágenes o sonidos. Ganamos varias veces aquí y también en Francia, mientras les decíamos a nuestros vecinos esa frase típica de chulito prepotente: “soy español, ¿a qué quieres que te gane?”. También organizamos un par de ediciones y por agotamiento acabamos separando el equipo con desigual suerte. Algunos de sus componentes todavía siguieron participando en más ediciones, mientras que otros, nos alejamos totalmente de ese divertimento aunque no lo olvidamos.
Pero volviendo al tema de los juegos de mesa, Lord Ruthwen es un aficionado al hobby desde siempre y me inició junto con mi hermano a algunos de los juegos que tenía en su colección. No participé en muchas de esas partidas pero mi hermano fue adentrándose en la afición, haciendo quedadas con él y sus amigos y comprando juegos en tiendas especializadas. Lord Ruthwen tenía por entonces su propio blog que ahora está inactivo.
La realidad es que yo seguía viviendo en Madrid y en esos años tuve varios cambios vitales importantes: me separé de mi pareja, me cambié de casa, después tuve otra pareja, me fui a vivir con ella y por avatares de la vida, fui dejando la afición. En mi nueva casa madrileña yo no tenía ningún juego y los pocos que había comprado se los había quedado mi hija adolescente, con lo que mi interés era escaso. Ella empezaba a hacerse fotos, selfies y vídeos de tik tok y no tenía tiempo para jugar conmigo.
Juegos digitales
Caí en la tentación del juego de mesa digital, descargando en mi Ipad algunos como Carcassonne, Catan, Aventureros al tren o Lost Cities, que me mantenían no del todo alejado del mundillo, además de mis siempre habituales partidas al Ajedrez online. Comprar juegos físicos no entraba en mis planes de ocio porque solo jugaba cuando iba a Sagunto pero lo cierto es que esos viajes fueron fructiferos. Me encontré probando muy de vez en cuando, juegos como Condottiere, Las leyendas de Andor, Dungeon Lords o Relikt.
Si mi vida lúdica hubiera seguido por ese camino, hoy no estaría escribiendo en este periódico. Igual ni siquiera jugaría. No sería malo ni bueno, simplemente diferente. Pero, de nuevo se avecinaban cambios. La vida no sabe estarse quieta. Se pasa mal, se pasa bien, hay que saber adaptarse y ser consciente de que todo está en movimiento. Con los años me he ido acostumbrando a vivir esos cambios de la mejor manera posible. Volví a separarme y volví a emparejarme, estaba claro que no sabía estarme quieto y gracias a que ella tenía un niño de 10 años y que no le hacía ascos a probar juegos, mi interés por los juegos de mesa familiares renació.
Más y más juegos
Compré unos pocos juegos de esta categoría como Kodama, Flash Point y Saboteur las minas perdidas y mi hermano me dejó algunos otros como Puerto Rico o 7 Wonders. No me complicaba la vida en este aspecto (en otras ya habéis comprobado que sí que me la complicaba), solo jugaba una o dos veces al mes, para divertirme, sin interesarme mucho por las novedades ni lo que rodeaba a los juegos de mesa.
Pasaba el tiempo y cuando iba a mi pueblo, seguía descubriendo otros juegos como Agricola, Caylus o Alta tensión. Estos juegos ya me parecían palabras mayores y más si me los vendían como tres juegazos imprescindibles que me servirían para adentrarme más de lleno en la afición. Son esos juegos que me decían que hay que conocer sí o sí y que poco a poco iban a ir despertando mis ganas para saber más. Tenían razón porque en esas partidas los ojos me brillaban y la chispa de la atracción cada vez crecía más y más.
Jugón de barrio
Por casualidad y gracias a una aplicación que buscaba intereses varios en el barrio, dí con Ana, una chica jugona y, con ella y un par de desconocidos más, hicimos un pequeño grupo de jugones de barrio. Las partidas fueron en Epic, un bar con juegos donde montamos partidas fáciles tipo party a Fantasma Blitz y Camel Up, y además también quedábamos en un local de los vecinos de Ana donde conocí cosas más interesantes como Pandemic Reign of Cthulhu y su juego preferido: Los viajes de Marco Polo. También seguía jugando en casa con juegos que nos prestaba como 21 Motines, Dead Panic o El Símbolo Arcano. Ella controlaba mucho más que nosotros y me servía de referencia para probar cosas que desconocía totalmente.
La gente que fui conociendo como Lord Ruthwen o Ana son los que me empujaban a meter mis narices en un nivel superior y además el interés de mi pareja por los juegos de mesa iba creciendo. Así que cogidos de la mano como dos buenos enamorados, fuimos descubriendo más juegos. Compré unos cuantos: Pandemic, Reconquista, La vuelta al mundo en 80 días, The Island y uno que me hizo mucha ilusión por mi afición lectora a las historias de Lovecraft: Arkham Horror 3ª edición.
Lo cierto, es que no tenía un criterio definido para los juegos de mesa. Iba picoteando de aquí o de allí con los ojos medio cerrados-medio abiertos, intentando enfocar con nitidez a través de los cristales de mis gafas de miope.
La pandemia
En esto vino la pandemia y los pocos juegos que teníamos en casa fueron parte de nuestra distracción diaria antes y después de salir al balcón a aplaudir a la Sanidad pública. Además con tanto tiempo libre y para «culturizarme», empecé a mirar webs, escuchar podscats, ver vídeos o leer reseñas. ¡Hasta entonces no sabía que había tanta gente alrededor de la afición!
Cuando salimos del confinamiento estaba un poco abrumado ante tantos opciones y desconocía qué hacer. No sabía cual era el siguiente paso. Se me ocurrió ir a menudo a las tiendas madrileñas a curiosear y hasta jugar en alguna que tenía espacio habilitado y juegos disponibles para los clientes. Seguía jugando en mi barrio con algún amigo y simplemente me había convertido en un jugón de barrio, con unos pocos juegos en casa, que sabía alguna que otra cosa de oídas, sin adivinar muy bien por donde encaminarme ni hacia donde dirigirme en mi ocio lúdico.
A la vuelta de la esquina me esperaba un cambio radical en mi manera de continuar viviendo la afición.
Deja tu comentario